El fantasma que acecha la Avenida Avellaneda
Según la Asociación de Comerciantes de Avenida Avellaneda, la zona perdió la mitad de su clientela. Un sábado entre los que aún resisten la crisis.
Por DELFINA FRUHWIRTH
Folleto de ropa de fiesta. Folleto de comida rápida. Folleto de clases de yoga. Autos en doble fila. Olor a pochoclos, a garrapiñada, a chizitos. Un parlante con reggaeton, otro con música electrónica. Más de cinco micrófonos por cuadra, cada uno con una promoción distinta. Estas son las cosas que no cambiaron en la Avenida Avellaneda, aseguraron Daniel y Beatriz, vecinos de toda la vida de Flores que habían salido ese sábado 19 de septiembre en busca de una blanquería.
Sin embargo, si hay algo que sí había cambiado en la Avenida Avellaneda, era la cantidad de gente. En todas las vidrieras los carteles con frases como “liquidación” o “nos vamos ” hacían que los locales parecieran una copia del que tenían al lado. Según Emiliano Iglesias, presidente de la Asociación de Comerciantes de Avenida Avellaneda, este polo textil perdió a un 50% de su clientela, entre revendedores del interior y gente que ya no puede gastar en ropa. Marcela, empleada hace seis meses de un local que está en busca de otra marca que quiera compartir el alquiler, lo ve todas las semanas desde el mostrador. Diez, quince personas por día, y la mayoría solo pregunta precios y sigue de largo. "Nada que ver a lo que era Flores antes. Antes se compraba al por mayor. Ahora, lo justo y necesario”, afirmó.

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A las 9 de la mañana, Kelbert Arjona Echenique ya estaba arriba de su banquito blanco frente a la puerta de Sol Urbano. Tiene 29 años y todavía guarda en el bolsillo su carné de periodista de Venezuela. Llegó a la Argentina hace dos años y, desde entonces, acumula nueve trabajos.
“Él, contento, ella, también, todos contentos porque ya recibieron sus flores amarillas de septiembre”, exclamó con su micrófono de vincha. Las personas sonreían y pasaban de largo. Los chistes eran adrede, explicó. La gente suele estar estresada y a veces una risa la ayuda a entrar al local.
Hacia las 11, ya casi no quedaba lugar en las veredas. Cochecitos. Nenes de la mano. Familias enteras que caminaban despacio, mirando vidrieras, con pocas bolsas en los brazos. También, crecían las filas en los kioscos y la cantidad de personas con botellas de agua. Estaba siendo el sábado más caluroso en lo que iba de septiembre.
Entre la multitud, Nazarena era la única persona con una valija en la mano. Solo los sábados podía salir a comprar, ya que el resto de los días tenía que cuidar a su hijo. Hace cuatro años que emprendió desde Buenos Aires dos locales de ropa urbana en Río Seco, Tucumán. Compra en Flores y en Once y evita la ropa importada. “Llega apretada en bultos, sin garantía, y si viene con una falla no hay a quién reclamarle. La nacional, en cambio, tiene un proveedor al que volver”, sostuvo Nazarena.
Al mediodía, por la gran cantidad de personas en los locales, las persianas bajas se distinguían fácilmente de los negocios abiertos. Una fila larga se extendía entre los dos locales de una marca deportiva llamada Airwind. Uno, atendido por Facundo, su dueño, y el otro, por su hija Melanie. Quince años llevaba abierto y, de los cinco locales que tenían, sólo quedaban dos. Para sobrevivir, mucho de lo que fabricaba, ahora lo manda a hacer a China. "Es muy parecido, pero con mejor confección", dijo sobre la diferencia.
Facundo tenía una fábrica con 40 empleados. Hoy, quedan solamente dos. Antes, un sábado en un solo local le alcanzaba para pagar los cinco alquileres de sus locales. Hoy, ni con todos los sábados del mes le alcanza para pagar uno. Actualmente, está abriendo una parrilla en Ramos Mejía para contratar a los empleados que se quedaron sin trabajo. Ya se presentaron más de 500 personas para el mismo puesto. “En los quince años que llevo abierto nunca vi algo así”, suspiró.